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Full text of "Azares: episodios de las luchas civiles"

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AZARES 



EPISODIOS 

DE LAS 

LUCRAS CIVILES 



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MONTEVIDEO 

Talleres A. Babbbiro y Ramos 

Calle Cerro número 61 

1902 




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EPISODIOS DE LAS LUCHAS CIVILES 

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MONTEVIDEO 

TALLERES A. BARREIRO Y RAMOS 

CÁLICE CBRBO, NÚMERO 61 

1902 



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J3e viaje en ferrocarril á Tacuaremt>ó, cuya 
vía pasa bordeando una parte del arroyo Car- 
doso hasta su nacimiento; al regreso, exta- 
siado en la contemplación de su hermoso valle 
con sus campos verdes de nacientes grami- 
llales y principios de arborización natural que 
se ensancha en el curso del arroyo hacia su 
desagüe en el Río Negro, se presentó á mi 
imaginación el recuerdo de un combate san- 
griento que tuvo lugar en aquel mismo paraje, 
en los comienzos del año 1871 ; entre fuerzas 
comandadas por el general Nicasio Borges y 
las del jefe revolucionario Inocencio Benítez, 
en las que me encontraba revistiendo el cargo 
de secretario de este último. 



745103 



V "5 *■ * - 






6 ORLANDO RIBBRO 



• ■ • <■ 















# 



I 



Después de la batalla quS se denominó « Del 
Sauce », ocurrida sobre la margen del arroyo 
de este nombre, á poca distancia de la Capital, 
entre el ejército del Gobierno á las órdenes 
del general Gregorio Suárez y el que coman- 
daba el jefe revolucionario general Timoteo 
Aparicio, combate que no fué decisivo, porque 
quedaron aniquilados los ejércitos beligeran- 
tes; las fuerzas revoluoionarias se retiraron del 
campo de batalla lentamente, con todo su par- 
que y bagajes, aunque con algunos cañones de 
menos, perdidos á causa de haberlos empla- 
zado demasiado ceiica de la línea de batalla y 
dominar la posición los fuegos de la infantería 
contraria, paatando con ellos las muías de los 
respectivos tiros, quedandS los artilleros que 
los servían imposibilitados de poderlos mover, 
con mayor motivo, por encontrarse en un te- 
rreno arado, donde las ruedas de las piezas 
se hundían á cada paso. 

El ejército revolucionario se dirigió al de- 



AZARES 7 

partamento de Cerro íiargo, con él propósito 
de rehacerse. En el trayecto, estando acam- 
• pado en la margen izquierda del río Yí, «1 ge- 
neral en jefe resolvió desprender una pequeña 
fuerza de caballería ó infantería (300 hombres 
próximamente, ) al mando del general Inocen- 
cio Benítez, para que dirigiÓBfdose al Norte del 
Río Negro tratase de formar un cuerpo de 
ejército en los departamentos de Paysandú, 
Tacuarembó y Salto. 

Con la ordei^^de marcha á la mencionada di- 
visión, se me mandó pasase al campo del ge- 
neral Benítez, para incorporarme á ella en 
carácter de secretario del jefe expedicionario, 
dándoseme las siguientes instrucciones reser- 
vadas, para que las pusiese en vigencia cuando 
llegase el caso oportuno. 

Evitar por todos los medios que estuviesen 
á mi alcance el derramamiento de sangre de^ 
prisioneros. 

Tratar de inculcar reflexiva y amistosa- 
mente, en conversaciones con el jefe superior 
y demás jefes subalternos, que las fuerzas ex- 
pedicionarias se comportasen con la mayor co- 
rrección posible con los habitantes de la cam- 
paña, respetando á todos, fuera'n de las opinio- 
nes políticas que fuesen, sin cometer ninguna 
clase de atropellcfl?^. 

Que por ios pwajes donde chuzase la divi- 
sión, se #obrara la Contribución Directa en 
campaña, pues que estando ésta en poder de 



8 ORLANDO RIBERO 

los revolucionarios, fuef on retiradas las auto- 
ridades xiependientes del gobierno, y recon- 
centradas en las ciudades de Montevideo, Pay- 
sandú y Salto, por consecuencia abandonada 
aquella á su voluntad. 

Que una vez puesta en ejecución la percep- 
ción del impuesto; me encargase personalmente 
de su recaudación, invirtiendo su producido 
en la compra de ropas, monturas y demás ob- 
jetos necesarios á la división que pudiera en- 
contrar, y el sobrante lo emplease en el pago 
de la carne de los animales que el ejército con- 
sumiese; á fin de que los vecindarios que se 
encontrasen en la trayectoria de las fuerzas 
revolucionarias, no tuviesen motivo de queja 
ni fuera un elemento contrario al propósito 
que buscaba aquella agrupación de ciudada- 
nos armados. 



II 



Ese mismo día la mencionada fuerza levantó 
su campamento y se puso* en marcha con 
rumbo á San Gregorio, puebMto situado sobre 
la margen derecha del Río Negro y pertene- 
ciente al departamento de Tacuarembó. 



AZARES 9 

« 

Así que la división vadeó el río Yí, el jefe 
de ella, general Benítez, desprendió una fuerza 
como de 100 hombres al mando del coronel' 
Federico Aberastury y comandante Enrique 
Olivera, con orden de dirigirse al departa- 
mento de Paysandú, para poner en práctica el 
plan de organización del nuevo cuerpo de 
ejército a¡t Norte del Río Negro, debiendo es- 
tos jefes efectuar reuniones de partidarios en 
la zona del Uruguay, comprendida desde Fray 
Bentos á Pay-sandúj dándoles por punto de 
reunión el paso de los Mellizos en el Queguay, 
que era el lugar fijado de antemano por el ge- 
neral Benítez para establecer el campamento 
general. 

Se desprendieron ese mismo día varias otras 
comisiones á los departamentos del Salto y 
Tacuarembó, con el mismp objeto, de invitar 
á los caudillos que habían quedado en esos 
parajes, á que procedieran á la reunión de par- 
tidarios, llevando los núcleos que pudieran 
formar al punto indicado en el Queguay. 

Una de estas comisiones fué dirigida expre- 
samente al comandante Juan M. Puentes, que 
se encontraba en el pueblo dé San Fructuoso. 
En las comunicaciones á él dirigidas, se le or- 
denaba concurriese al pueblo de San Gregorio, 
á objeto de conferenciar con él para cojnbinar 
la forma más práctica al plan de operaciones 
que se iba á implantar. 

Tomadas estas medidas militares, y después 



10 ORLANDO BIBERO 

* **" 

* • 

de desprendidas todas las comisiones aludidas, 
el resto de estas fuerzas revolucionarias, que 
^alcanzarían á unos 190 hombres, entre ellos 
unos 40 de infantería, se puso en marcha hacia 
San Gregorio. 



III 



En una de las cargas y entreveros que tu- 
vieron lugar en la batalla del Sauce, una parte 
de las fuerzas revolucionarias se posesionó de 
la indumentaria de^ ejército del general Suá- 
rez. Entre los vehículos que tomaron, había 
un hermoso lando perteneciente á los médicos 
de^ ejército. 

En los últimos fuegos del combate de esa 
tarde^ una bala de cañón hirió al hijo mayor 
del general Benítez, sargento mayor Juan Be- 
nítez, rozándole el vientre y llevándole varios 
dedos de ambas manos; de cuyo hecho recién 
esa noche, después de acampar el ejército xe- 
voluci^nario, tuvo conocimiento el padre, quien 
acto continuo T>uscó el medio de conducirlo en 
las mejores condiciones de vialidad que le fue- 
ra posible, é informado del carruaje domado 



ÁZARBS 11 

al enemigo, se empeñó para que se lo cedieran 
á objeto de transporlar en él á su hijo ]^rido. 

Este carruaje fué, días después, la causa 
originaria del desastre sufrido en las puntas 
del ékrojo Cardóse. 

Sigaíhos eLrelatoj» 



IV 



Después de algunos días de marchas lentas, 
llegó la pequeña división al citado pueblo de 
San Gregorio. 

Allí se encontraba el comandante Puentes 
esperándola. Habi^ venido acompañándolo una 
pequeña partida de 6 á 7 hombres. 

Combinado que fué el plan de operaciones 
á seguirse con referencia á las fuerzas que 
tenía reunidasí^y estacionadas en el puel^lo de 
San Fructuoso, el comandante Puentes partió, 
al día siguiente de nuestra llegada, dirigién- 
dose al lugar de su caiilpwnento. 

Con este jefe mantenía relaciones amistosas 
detíde la época áe mi residencia en Tacua-, 
rembó, donde ejercía el cargo de gerente de 
una sucursal del Banco Italiano. 

Estuvo asilado en nii casa, debido á perse- 



12 ORLANDO RIBBRO 

cuciones que ejercían sobre su persona algu- 
nos Iludidos encausados en épocas del go« 
bierno de Berro, quienes atribuían á él la causa 
de sus condenas, porque era actuario del Juz- 
gado que los procesara. Habiendo pedido ga- 
rantías personales al jefe político «n esa época, 

. sargento mayor Cipriano Herrera, éste le ma- 
nifestó que no podía cuidarlo, pe^o que como 
medio de seguridad personal se asilase en el 
Banco Italiano. Poco tiempo después fuimos 
á dar, asilante y asilado, al cuartel de policía, 
presos, sin más razón que la de no querer con- 
currir personalmente al servicio de la Guardia 
Nacional, sino por juedio de personei*os, que 

. nadie nos podía prohibir, y sobre todo á mí, 
por ser custodio único de intereses extran- 
jeros. 

Este amigo, momentos antes de su partida, 
me dejó tm caballo adecuada para las marchas, 
por ser de alzada muy pequeña, casi un pe- 
tizo, y de un andar sumamenl e cómodo ; obse- 
quio que acepté complacido y uno de los me- 
jores regalos que podía hacertíie, porque con 
las fatigas de tan largas correrías, los caballos 
que teníamos estaban en malas condiciones de 
gordura y resistenciSt, 



AZARES 13 



Al día siguiente de la partida' de Puentes, 
emprendimos marcha costeando la margen de- 
recha del Rio Negro, con rumbo á la cuchilla 
de Peralta. . ^ 

El terreno en esos parajes es bastante acci- 
dentado, y poderosos son los contrafuertes y 
caídas de la^ cuchillas á los valles de la mar- 
gen del río. 

La marcha se hacía dificultosa para la con- 
ducción d^l carruaje donde iba herido el hijo 
del general Benítez y un cupé, que lo ocupaba 
el señor Julio Gasser, ingeniero ó agrimensor 
voluntario, que nos acompañaba con el propó- 
sito de organizar, según, él, una sección de 
artillería en el cuerpo de ejército en proyecto, 
en la creencia, dando mérito á conversaciones 
con el general Benítez, de que cuando nos 
aproximásemos á las costas del Alto Uruguay, 
el general López Jordán, jefe de la revolución 
entrerriana en aquella época, nos facilitaría 
los cañones necesarios para formar nuestro 
plantel de artillería. 



. 14 ORLANDO RIBERO 

Después de dos ó tres dia»de marcha, muy 
avanzada la tarde, divisamos una pequeña 
fuerza que cruzaba á bastante distancia, con 
rumbo al Norte. *• 

Benítez desprendió una partida de explora- 
dores para que fuese en su reconocimiento^ 

Hicimos alto esperando el resultado? 

A poco rato de espera, regresó el oficial de 
la partida; dijo que la gente que Cruzaba era 
del coronel 'Salvañach, quien le había mani{^s- 
tado que iba al departamento de Tacuarembó 
á reunir gente para formar la división de Ta- 
cuarembó. ^ • • 

Benítez mandó entonces á uno de sus ayu- 
dantes, con la misión de transmitir al coronel 
Salvañach la orden de que se incorporase á 
sus fuerzas. Éste á su vez, comisionó á uno de 
los oficiales que lo seguían, Ignacio Balleste- 
ros, con la misión de manifestarl^á Benítez 
que iba á formar campamento en el paso de 
Las Piedras del áfroyo Malo para incorporar 
á su gente los dispersos que se dirigieran por 
aquel paso á sus hogares. 

Benítez volvió nuevamente á intimarle su 
incorporación, pero Salvañach desestimó la 
orden y acto continuo se alejó siguiendo el 
rumbo que llevaba. • 

Emulaciones de mando y preponderancias 
entre hombres de no querer unos sujetarse á 
la voluntad de otros, siempre dan como resul- 
tado el fracaso, ó cuando menos la pérdida de 



AZARES 15 



la* ocasión oportuna para poder conseguir el 
objeto que se proponen. •» 

El (wronel Salvañach con un carácter aspi- 
rante, pero muy poco apto para estas guerras 
de cuchillas, no pesó ni le importó las conse- 
cuencias que pudiera tener un fracaso sufrido 
por sus compañeros de armas; y en este caso, 
parece que á sabiendas consintió que Benítez ^ 
y el núcleo de fuerzas que comandaba, fuesen 
á estrellarse, inadvertidamente, contra un 
cuerpo de ejército, que el geneiul Suárez había 
desprendido del suyo para impedir los propó- 
sitos del general Aparicio/ 

El coronel Salvañach había pasado al Norte 
del Río Negro por el Paso de los Toros, diri- 
giéndose á la estancia del señor Carlos Rey les, 
en la que se encontraba su dueño. Estando allí, 
donde se demoró más de un día, el señor Rey- 
Íes le dijo que había recibido una carta del 
general Borges en la que le anunciaba su pró- 
xima llegada á ese destino, al mando de una 
fuerte división. 

En virtud de ese aviso, Salvañach levantó 
su campo acto continuo y fué en la tarde de ese 
día que se cruzó con nuestras fuerzas en mar- 
cha hacia el mismo rumbo que él dejaba, pues 
que nuestra dirección coincidía con la estancia 
del señor Reyles. 

Ni la más mínima insinuación, ni ningún 
oportuno aviso quiso transmitir el 'coronel 
Salvañach á Benítez que le previ»iera del pe- 



16 ORLANDO RIBERO* 

1 

lígro á que se exponía siguiendo en su mar- 
cha e\ rumbo que llevaba. 

Ignorando lo que acontecía, continuó la pe- 
queña fuerza su ruta, acampando esa noche en 
la primer vertiente que encontró á su paso y 
poniéndose de nuevo en movimiento con la 
aurora del siguiente día. 

Desprendiéronse algunas partidas explora- 
doras, con orden de alejarse en descubierta. 

Poco tiempo después de habernos puesto en 
marcha vino un parte anunciando que en di- 
rección á la estancia de Reyles se veían algu- 
nas partidas de fuerzas desconocidas. Enton- 
ces Benítez dio la orden de que fueran en su 
descubierta hasta tirotearlas, para saber el 
número más ó menos á que ascendían. • 

Momentos después vino otro parte diciendo 
que las partidas descubiertas eran varias y 
que se mandaran refuerzos de tiradores. Se 
enviaron los refuerzos, insistiendo en que se 
tratara de descubrir el núcleo de las fuerzas 
enemigas. Mientras tanto el grueso de las nues- 
tras seguía su marcha en la misma dirección. 

Benítez, pobre paisano, sin nociones de la 
estrategia genuina en nuestros gauchos para 
estas guerras de sorpresa, llamadas en aque- 
lla época, de recursos ; se le había puesto entre 
ceja y ceja, que la gente armada descubierta 
debía ser un escuadrón que al mando del co- 
ronel Fidelis merodeaba por la frontera del 
Brasil, y que él, Benítez, contaba con suficien- 
tes fuerzas para, batirlo. 



AZARES 17 

w 

Yo le objetó, que por la dirección que traían 
la? fuerzas enemigas, era de suponerse fuera 
alguna división desprendi(^a del ejército* del 
general Suárez, que habría vadeado el Río 
Negro por el Paso de los Toros, para impedir 
las reuniones que pudiéramos hacer al Norte 
del B,ío Negro, y si eran efectivamente de esa 
procedencia, serían mucho mayores que las 
nuestras y por consecuencia nos exponíamos 
á ser deshechos. Que convendría nos retirára- 
^0» á tiempo para no ser batidos. 

— No, — contestó; ha de ser Fidelis y lo voy 
á hacer pedazos. De^ués, en estos pedregales 
no podemos atrepellar con el coche marchandp 
al trote. Yo quiero llevarlo sin que se estro- 
pea mucho ; es para mis hijas. 

¡Infeliz! Las hijas residían en el Salto, y 
aup cuando hubiera conseguido llevar el ca- 
rruaje hasta aquel destino, lo natural hubiera 
filido reflexionar que si tal cosa se cumpliera, 
xany poco tiempo duraría el mencionado coche 
ep poder de aquellas paisanas, porque, reco- 
pocida su procedencia, en el acto se lo qui- 
tarían. 

Jíientros tanto, llegábamos á las puntas del 
arroyo Cardóse, siendo más ó menos las 8 de 
Jp. mañana. Allí se hizo alto, esperando el re- 
sultado de los partes que nos trajeran nues- 
tras descubiertas. 






AZARES. 



18 ORLANDO RIBERO 



VI 



EL DESASTRE 



Estando en esta inacción, ansiosos por sa- 
ber á qué atenernos, Benítez, á quien yo acom- 
pañaba, se acercó al carruaje del señor Gasser 
y al preguntarle éste si tendríamos algún en- 
cuentro serio ó si continuaríamos la. marcha, 
aquél volvió á repetir: 

— La gente que se ha visto ha de ser la del 
portugués Fidelis, ó algunas otras partidas 
sueltas, y los voy á hacer pedazos con mis in- 
fantes. , * 

— No es bueno confiarse naucho, general! — 
* le objeté yo ; nuestra gente no se encuentra en 

estaco de pelear con fuerzas mayores, y aun 
tenemos tiempo de ponernos en salvo. 

— No tenga miedo, me contestó ; los vamos 
á pelear si se nos vienen. 

En seguida se dirigió adonde estaban los 
^ infantes, los que habían echado pie á tierra 
allí cerca, al costado de un montecito. 

Yo, siempre montado, me quedé al lado d.él 



AZARBS 19 



caiTuaje del señor Gasser ; entonces éste sacó 
de uno de los cajones del vehículo, pan, sal- 
chichón y una botella de vino, invitándome á 
participar de su provisión. Acepté. En aquellas 
malandanzas no -podía desechar tal ofreci- 
miento. Estómago satisfecho da coraje al es- 
píritu. 

Entre las pocas palabras que en seguida 
cambiamos le dije: 

— ¿ Por qué no monta á caballo ? 

— No, me contestó; porque mis caballos son 
buenos y el carruaje es liviano. 

En efecto, estaban prendidos á la victoria 
una buena pareja de tordillos. El cochero se 
encontraba en aquel momento en el pescante, 
pronto para arrancar, cuando noté movimiento 
en nuestra fuerza. Me dirigí en seguida donde 
se hallaba Benítez. 

Nuestras partidas exploradoras se recon- 
centraban á nuestro campo, haciendo fuego en 
retirada, perseguidos por un número mucho 
mavor de fuerzas contrarias. 
^ Entonces Benítez ordenó : avanzase nuestra 
infantería, una parte en guerrilla y la otra de 
reserva. Efectuada esta operación se esperó 
la llegada de nuestras avanzadas. 

Lasuf uerzas que las perseguían venían apro- 
ximadas al monte de la margen izquierda del 
arroyo. Cuando estuvieron éstas á unas diez 
cuadras, echaron pie á tierra.- Era medio bata-" 
11 ón de infantería montada. • , • 



20 ORLANDO RIBERO 

Rápidamente avanzó una parte, tendidos en 
guerrilla. 

Los nuestros, que precaucionalmente esta- 
ban echados en tierra, empezaron á hacer 
fuego, pero los contrarios avanzaban siempre. 
Simultáneamente otras fuerzas de caballoría 
también enemiga, habían avanzado por la dere- 
cha á nuestra retaguardia, contra las que se 
tendieron en guerrilla las partidas de caballa 
ría que habían vuelto á nuestro campo, y la 
escolta de Benítez, mandada por su hijo Ino- 
cencio, separándolas unas de otras una cañada, 
ramificación del mismo arroyo Cardoso. 

Empezó el tiroteo y conatos de entrevero, 
en uno de los cuales, con coraje digno de me- 
jor empleo, Benítez (hijo) infirió una herida 
de lanza á uno de sus contrarios. 

A poca distancia y á retaguardia de la in- 
fantería se encontraba el general Benítez, 
observando el orden de la pelea. Como éste ha- 
bía mandado á lodos sus ayudantes con órde- 
nes á distintos puntos, sólo yo me encontraba 
en su compañía. 

Su semblante revelaba un estado de excita- 
ción extraordinaria, al darse cuenta, sin duda, 
del error que había cometido por falta de tino, 
viendo que el desastre se producía á«.pasos 
acelerados entre las fuerzas que comandaba 

Se dirigió á mí, diciéndome: — Quédese aquí 
con la infantería, yo voy donde está la gente 
de mi escolta; me parece está por disparar. 



■ 



AZARBS 21 

Y tomó el galope hacia el lado de las guerri- 
llas de caballería. 

No pude saber si llegó hasta ellas ; no tuve 
tiempo para preocuparme de sus nuevas dis- 
posiciones bélicas. 

Vi que niiestro pequeño núcleo de infante- 
ría, haciendo fuego en retirada, se dirigía á 
donde estaban sus caballos; entonces avancé 
hacia aquéllos para arrearlos á su encuentro. 
La mayoría estaban maneados : á rebenque 
y saltos pude conseguir acercar algunos. 

Como las fuerzas contrarias se aproximgiban 
con rapidez, trató á mi Vez de poner mi bulto 
en salvo. 

Cuando di vuelta no vi á nadie á mi reta- 
guardia; pasé por el lugar donde momentos 
antes estaba la victoria del señor Gasser: allí 
había quedado una lanza clavada en la tierra; 
á mi paso, instintivamente la tomó, más por 
no dejar un arma al enemigo, que. como de- 
fensa personal, por creerla casi inútil en mis 
manos. Sin embargo, aquella lanza fué, puede 
decirse, la que me salvó la vida momentos 
después. 

Vadeado que hube el arroyo Cardoso, algo 
pantanoso en el punto de mi pasaje, vi á al- 
guna distancia al general Benítez, que se di- 
rigía arroyo abajo por la margen derecha, á 
gran galope ; iba diciendo en voz alta : — j Com- 
pañeros, no me abandonen I 

A poco andar, se alejó. No lo vi más. 



22 ORLANDO RIBBRO 



VII 



• * 



Yo iba montado en el caballito para mar- 
cha^ que me había regalado Puentes. Por no 
creer que Benítez expusiera sus fuerzas en un 
encuentro que sería siempre fatal por las con- 
diciones en que nos encontrábamos, y también 
por falta de previsión, no había cambiado el 
caballo por otro que al parecer ofreciese mayt)r 
resistencia; así es que lo primero que pensó en . 
aquel trance difícil fué en no apurar mi cabal- 
gadura entre aquellos pedregales, y sobre todo, 
evitar una rodada, que sería hii perdición. 

Emprendí la fuga á galope corto, en la mis- 
ina- dirección que llevaban los que me antece- 
dían. Tomé una senda de las que había en 
aquel campo sembrado de piedras sueltas, solo, 
á donde mi buena ó mala suerte me condujera. 

Más atrás venían cuatro individuos en la 
misma dirección; supuse fueran algunos de los 
tanlos compañeros en derrcta*, y en esa con- 
fianza no me prepcupó de evitar su acerca- 
miento apurando un poco más mr caballo. 



AZARES 23 



«r*^ 



Cuando los tuve á corta distancia, uno de ellos, 
que venia ai;mado de carabina, me hizo un dis- 
paro ; entonces me di cuenta que los tales su- 
jetos pertenecían á las fuerzas que nos habían 
batido y dispersado. Los tres restantes esta- 
ban armados de lanza. 

En el primer momento me creí perdido por- 

*quQ la distancia que nos Separaba se había 
acortado á tal extremo, que no mediaban sino 
varas. Pero el terreno pedregoso que transitá- 
bamos, subiendo una cuesta algo pendiente, 
me favoreció. Sólo se podía andar á galope 
por las sendas, y éstas estaban separadas si- 
guiendo las ondulaciones del terreno; por cuya 
causa no podían acercárseme hasta el contacto 
si no tomaban la misma senda que yo seguía. 
Esto reanimó mi espíritu pitra sacar fuerzas 
de flaqueza^ ocurriéndoseme como medida des- 
esperada, empezar á insultarlas, desafiándolos 
con la lanza que inconscientemente había to- 
mado en el campo de la acción. 

Como paj;a batirme no podían acercárseme 
en aquel momento sino áe á uno, me imagino 

' se creyeron era yo uno de esos terribles lan- 
ceros, que hacían proezas en los entreveros, 
según los cuentos y comentarios de fogón, en 
los campamentos; pues observé que mis insul- 

, tos habían contenido sus ímpetus, de lo que 
me prevalí aminorando la marcha de «ai ca- 
ballo, gritándoles con simulada furia insultos 
y desafíos. * 



24 ORLANDO RIBBRO 

• 

Asi continuamos unas dos ó tres cuadras, 
en cuyo intervalo de tiempo, el de la carabina 
me hÍEO otro disparo perdido, hasta que al 
llegar á la cumbre de la cerrillada, vi cruzar 
á corta distancia y para mi salvación, á uu 
compañero y amigo, Lisardo Sierra, quien, 
reconociéndome en el acto, aminoró el paso 
de su caballo para que me reuniera á él. 

Mientras tanto, mis perseguidores habian. 
quedado á poca distancia atrás, los que, vién- 
dome reunido á otro armado también de lanza, 
se contuvieron algo más, pero siempre siguién- 
donos. 

Poco más adelante, subía también la cuesta 
otro compañero, Cipriano Somería, armado de 
fusil. Este pertenecía á los pobres infantes 
que habían quedado abandonados; tuvo la 
suerte de poder tomar un caballe para salir 
del atolladero donde les había dejado e} jefe 
de nuestras fuerzas. 

Reunidos los tres, hicimos alto. Somería bajo 
del caballo éh izóles un disparooon su fusil. Fué 
lo suficiente para espantar á los que nos seguían, 
continuando así más tranquilos nuestra fuga. 

Si persisten, es muy posible no hubiéramos 
salida bien parados, porque Semería había per- 
dido la baqueta de su fusil y por consiguiente 
se encontraba desarmado; quedábamos dos con . 
lanza y por mi parte no confiaba en mi des- 
treza para emplear mi arma cuyo manejo no 
conocía. 



AZARBS 25 



En nuestra ruta encontramos á otro fugitivo, 
^ un viejo paisano, el comandante Gutiérrez, de 

^ Paysandú. ^ 

A nuestro paso, le dijo Sierra: — Apure su ca- 
ballo, comandante. Éste contesto : — Voy herido. 
Efectivamente, tenía una herida de bala en 
la caja del cuerpo, á la altura de los riñones. 
Paramos: entre Sierra y yo lo fajamos con 
un poncho de verano del mismo herido y con- 
tinuamos á paso más lento, escoltándolo. 

Más adelante nos reunimos á vario» otros 
dispersos que iban capitaneados por el coman- 
dante Juca Vargas. Entre ellos se encontraba 
Juan Benítez, quien había tomado el caballo 
de su asistente y trató de ponerse en salvo 
abandonando el dichoso coche, una de las cau- 
sas que contribuyeron al desastre; iba con sus 
dos manos mutiladas vendadas, dirigiendo sin 
grandes molestias su caballo. 
^ Como el rumbo que llevábamos era costean- 

do el mismo arroyo Cardoso, se le ocurrió á 
Vargas para despistar la persecución, vadearlo 
y seguir por su margen izquierda. En el punto 
por que pasamos, uno y otro lado próximos á 
la costa son campos altos y no podíamos des- 
cubrir lo que pasaba en aquel costado. 

Cumo medida de precaución, se me ocurrió 
1 decir á Vargas: — Mande un hombre subir á 

aquella altura para descubrir el campo antes 
de continuar nuestra marcha; mientras tanto, 
quedémonos aquí en la costa del monte. 



96 «. OilLAJIDO miUBBO 



Be kiao lo ^OB iidiailwi, quedando nosotros 
en observación del que subía la cuesta. No 
había llegadc^ del todo á la altqra, cuando vi- 
mos al emisario que daba vuelta apresurada- 
mente, diciéndonos todo azorado y apuntando 
con la mano á la altura: — Allí cerquita hay 
un campamento grande! 

Más que de prisa repasamos el Cardóse, 
alejándonos de él, campo afuera, en dirección 
á las puntas del arroyo Salsipuedes. El cam- 
pamento era el formado por el grueso de las 
fuerzas del general Borges ; tuvimos la suerte ^ 

de que no se apercibieran en él de nuestro 
errpr ó nos lomaran si nos vieron poralgijna 
partida de su misma gente. 

En la marcha se nos reunieron algunos otros 
compañeros, formando un grupo como de trein- 
ta hombres. * 

Descubrimos á la distancTía algunas partidas 
del ejército contrario; unos arreando tropillas . ^ 
de caballos que se encontraban en el campo, 
y otros*cambiándolos en los corrales de una 
estancia. 

Como nuestro grupo marchaba al trote con- 
templando sus cabalgaduras para no cansarlas, ^ 
aquellas partidas que á su vez debieron ha- 
• bernos visto, sin duda nos confundirían con 
fuerzas de su mismo ejército, porque nf nos J 

demostraron hostilidad ni mandaron emisarios 
á cerciorarse de quiénes éramos. 

Más adelante, en una estancia qu^e había á 



AZARBS 27 



^ 



nuestro paso , algoaos d» k» 

biaron caballo. Yo no me animé a substituir 
el mío, porque lo sentía con fuerzas y temí que 
el que obtuviese en cambio no reunTese igua- 
les condiciones en resistencia y cómodo paso. 

Allí dejamos al comandante Gutiérrez, el 
pobre herido; no podía continuar más, una ó 
dos cuadras antes de llegar á las casas tuvi- 
mos que bajarlo del caballo; agotada su vale- 
rosa resistencia de espíritu, porque la materia 
estaba exhausta, sus músculos se paralizaban 
y no podía conservar la estabilidad sobre el 
caballo. Luego supimos que había fallecido 
dos ó tres días después á consecuencia de la 
herida. 

En la marcha nos internamos en el depar- 
tamentíJde Paysandú, pero á la noche, después 
de un breve diBScanso, contramarchamos con 
rumbo, á Tacuarembó, no solamente para elu- 
dir las persecuciones de las fuerzas contrarias, 
sino también buscando la incorporación á las 
del comandante Puentes que se encontraban en 
aqueldestino. ^ 

^las 11 y media a. m. del siguiente día lle- 
gamos á San Fructuoso. 

Lo que menos se* imaginaban los que nos 
veían era que fuésemos los restos de la divi- 
sión del general Benítez, deshecha y dispersa 
en las puntas d^l ai*royo Cardoso. 

Enterado Puentes del fracaso sufrido, tomó 
inmediatamente las providencias que el caso 



28 ORLANDO RIBERO 

indicaba para reunir, los dispersos que fue- 
ran llegando y poner á salvo las fuerzas que 
comandaba. 



vin 



Dirigíme 4 la casa de mi amigo y socio ( en 
aquella época) el señor Pablo Valdez. Allí to- 
mé algún alimenl o, del que mí estómago estaba 
exhausto, pues que desde treinta horas at ras 
no había ingerido nada. 

Traté después de descansar algunas horas, 
pero la nerviosidad que me produjo tan larga 
y violenta marcha, me privó poder conciliar el 
sueño. También había andado más de cuarenta 
y ])ico de leguas en el espacio de cuarenta y dos 
horas, sin bajarme puede decirse del caballo ! 

Este noble animal se mantuvo siempre fuer- 
te, sin dar señales de cansancio. Se lo dejó al 
señor Valdez, con la recomendación de que lo 
cuidase, en mérito de haÜer sido mi montura 
en un trance difícil y apurado. 

Algunas horas después llegó también al pue- 
blo el comandante Salvañach con la gente que 
lo seguía; entre ellos estaban Servando Safons, 
Pablo Jagas, Ballesteros y algunas otras per- 



S AZARB8 29 

^ : _ 

sonas conocidas; también venían algunos dis- 
persos de la derrota de Oardoso, que Salvañacb 
había incorporado á su gente en su marcha 
desde el arroyo ^alo. Por ellos supe que al 
salir del campo de la pelea había sido alcan- 
zado el señor Gasser y ultimado, como tam- 
bién Juan Pedro Ortega, de Tacuarembó, y 
otros compañeros. 

Reunido este grupo á las fuerzas que tenía 
Puentes- en el pueblo, pasamos, á la puesta del 
sol, el Tacuarembó Chico, marchando en se- 
guida hacia el rincón del arroyo Tres Cruces. 

Serían próximamente las 12 de la noche cuan- 
do llegamos al campo donde nos dirigíamos 
para pernoctar. 

Cuando bajé del caballo, mi cuerpo no po- 
día más resistir el cansancio; se doblaron mis 
piernas y caí tendido sobre el 4)asto, quedán- 
dome dormido en seguida. 

Mi asistente Marcelino, un fiel y antiguo 
sirviente paraguayo que había dejado en Ta- 
cuarembó á mi partida, de aquel pueblo, se en- 
ciirgó de acomodar mi caballo, hacerme cama 
con los útiles de mi montura, desprenderme 
la espada, sacarme las botas y acostarme, ta- 
pándome después con el poncho. De nada me 
di cuenta. Cuando desperté al día siguiente, 
me pareció extraño en el prin er momento en- 
contrarme tan bien acomodado en una cama 
de campamento, pues que no recordaba ni de 
cómo había llegado allí. 



30 ORLANDO RIBERO 

m 

-• 

Marcelino, quien ya había hecho fuego y 
«c>laba mi persona^ me dijo : 

— Patrón, usted no sintió nada cuando lo 
acosté; estaba como muerto de dormido. Allí 
está el fogón del comandante Puentes, quien 
me encargó de decirle cuando se daapertase, 
fuera á tomar mate con él. 



JX 



Entre la gente que acompañaba á Salvaüach 
no faltó quien nes refiriese su estadía en la 
estancia del señor Reyles y el aviso trasmi- 
tido por este señor, de la aproximación á aquel 
punto de las fuerzas del general Borges, por 
cuya causa se habían alejado de allí precipi- 
tadamente. * * 

En conocimiento del suceso, le increpé á 
Salvañach, á presencia de Puentes, su falta de 
compañerismo, por no haber puesto en guar- 
dia á Benítez, trasmitiéndole ]q que él sabía ; 
dejándolo avanzar inconscientemente en la di- 
rección que llevaba, para que fue a á estre- 
llarse contra fuerzas muchísimo mayores, sa- 
crificando inútilmente de esa manera á sus 
propios compañeros de armas. 



\ 



AZASBS 31 



■ m ■ ■- A - V. — ~ . 



Salvañach se disculpó diciéndome que él ha- 
bía encargado á Ballesteros cuando lo mandó á 
nuestro campo, previniese á Benítez, que Bor- 
ges alomando de una fuerte división había pa- 
sada el Río Negro ; que él no tenía la culpa de 
que aquél no hubiera hecho caso de su aviso. 
Disculpa que no era verídica, porque estaba 
presente citando aquel oficial vino con la res- 
puesta de Salvañach y no le oí nada que se re- 
firiera á fuerzas contrarias próximas, que fue- 
ran mandadas por Borges, ni por ningún otro 
jefe. 

Ballesteros había^sido empleado del Banco 
Italiano bajo mi dirección, me tenía entonces 
y después estimación y no podía creer que 
se olvidase transmitir un parte tendente á 
salvar de un seguro fracaso á sus correligio- 
naricjp entre los que se encontraba uno de sus 
compañeros de armas en la defensa de Pay- 
sandú y después su superior y amigo. 

Como el suceso aquel quedó entre lo^he- 
chos desgraciados consumados, traté m¿s bien 
de atenuarlo para conservar en lo posible el 
espíritu de unidad que nog era tan necesaria 
en aquellos momentos, para contrairestar los 
elementos contrarios que suponíamos viniesen 
en nuestra persecución» 

* Felizmente para nosotros, no sucedió lo que 
era de esperarse con relación á las*- fuerzas 
mandadas por el general Borges. Este, después 
de tomar prisioneros á los infantes de Benítez 



32 ORLANDO RIBBRO 

que no pudiendo tomar susxcaballo» y acosa- 
dos por la persecución se internaron en el 
monte del arroyo Cardóse, con la gloria de su 
efímera victoria, emprendió marcha hacia la 
ciudad de Paysandú; siendo así dueños de toda 
la campaña, que recorrían entre los departa- 
mentos de Tacuarembó, Salto y Paysandú, las 
huestes revolucionarias. 



LA REVANCHA 



Puentes mandó emisarios sueltos, esos des- 
cubridores que en el tecnicismo de nuestros 
ejércitos revolucionarios, se les llama botnbe- 
rosy para que le trajeran noticias de las fuer- 
zas de Borges. 

Estos volvieron al cabo de algunos días, con 
el parte de que el mencionado ejército se di- 
rigía á Paysandú, no habiendo desprendido de 
su centro ninguna división con rumbo dis- 
tinto. 

Con estas noticias quedamos más tranquilos. 

No teníamos más enemigos en todo el De- 
partamento, que el comandante Fidelis ya men- 



) 



AZARES 33 

■ II -^ . ■ _ I I 

clonado y del cual carecíamos de noticias se- 
guras, ignorando el paraje donde se encon- 
traba. 

Este jefe era dp un carácter muy vivo ; su 
especialidad en estas guerras de correrías eran 
las sorpresas; así es que teníamos que andar 
con muchas precauciones para evitar que en 
el momento menos pensado nos cayese encima 
encontrándonos descuidados. 

Puentes, que podía igualársele en viveza y 
aun sobrepasarlo, — como más adelante se com- 
probó, — preventivamente resolvió que nues- 
tras marchas fuesen de noche, acampando de 
.día entre los potreros que formaban los montes, 
teniendo siempre un paso de arroyo inmediato 
por donde escapar, pues que ignorábamos el 
ftúmero de la gente que seguía á Fidelis. 

Anduvimos varios días así, hasta que^una 
mañajGia, cuya fecha no recuerdo, formamos 
campamento sobre la margen derecha del 
arroyo Cuñapirú, donde un vecino de las in- 
mediaciones, amigo de Puentes, informó á éste 

• 

reservadamente, que Fidelis andaba por allí 
cerca, puesto que el día antes habían llegado 
á su casa algunos hombres de su gente. 

Después que se fué el referido vecino. Puen- 
tes dijo á Salvañach y á mí : 

— Saben? Fidelis anda por aquellos montes 
cercanos, señalando un paraje que se veía á la 
distancia, — y agregó: — este portugués es muy 
diablo; ya ha de saber dónde nos encontra* 

AAZBES. 3. 



84 ORLANDO RIBBRO 

■ ■ I I ■ ■ ■! ■ I 1^ ■ ■ I ■■ 1 1 M ■ ■ . I ■ ■■■■■■ I I ■ ■■ I I I ■ I I 1 1 iM^^^^— ■ m 

mes y por las dudas vamos á mudar de campo 
á otro paraje^ quo nos resguarde mejor de sus 
sorpresas. 

Como á las 10 a. m. nos pusimos en marcha 
por la costa del arroyo hasta media legua más 
arriba, donde formaba un recodo ; allí acam- 
pamos. * * 

Día de verano, el sol estaba en la plenitud 
de su fuerza y hacía mucho calor. 

Después que la gente echó pie á tierra para 
desensillar. Puentes me invitó pi,ra ir al 
campo de Salvañach. Llegados allí, aquél dijo 
á éste : 

— Vamos á sestiar bajo la enramada de. 
aquella casa (era un rancho situado sobre un 
cerrito á dos ó tres cuadras distante del cam- 
pamento). Mande una guardia al paso del 
arrobo y eritargue á Safons que la gente esté 
prevenida. He dado orden que la caballada de 
reserva la pasen al otro lado y que no se des- 
cuiden. Desde aquella ^.Itura, nosotros pode- 
mos ver lo que pasa en uno y otro lado del 
arroyo, y mientras unos sestean el otro queda 
de vigía, en observación de lo que ocurra. 

Llegados al rancho, se aflojaron las cinchas 
á los caballos, sin desensillarlos. Salvañach y 
yo pusimos los cojinillos en el suelo; «para- 
Puentes trajeron un catre de lona. 

— Quiero — nos dijo en seguida — duerman 
ustedes; yo haré la primera guardia ; desde el 
catre se ve mejor. 



{ 



AZARES 35 

Aún no nos habíamos entregado al sueño, 
cuando Puentes se incorpora en su catre, di- 
ciéndonos: 

— Allá hay algo anormal; se ve polvareda 
de gente ó caballada á la disparada; mire, dice 
dirigiéndose á Salvañach. Y en seguida: 

— Monte á caballo, vaya al campamento y 
haga tocar á ensillar; refuerce con tiradores 
de su gente la guardia del paso y mande un 
ayudante al comandante Aranguren con orden 
de que también refuerce la guardia del paso 
de más arriba, ( otro paso del arroyo que tam- 
bién estaba vigilado) y que vengan aqueles 
que me sirven de ayudantes. 



XI 



I 



Eidelis había eálado observando todos nues- 
tros movimientos desde temprano, conforme 
nos aproximamos al arroyo Cuñapirú. Tenía 
su gente emboscada en un monte próximo, es- 
perando como los felinos la ocasión de ppder 
saltarnos encima. 

Había designado la hora de la siesta, cuando 
nuestra gente estuviese descuidada, resguar- 
dátfdose, bajo los árboles, de losj^rdientes ra- 



86 ORLANDO RIBERO 

yes solares, para dar el golpe; pero la previ- 
sión de Puentes, de cambiar de campo y hacer 
vadear el arroyo las caballadas de reserva, lo 
engañó. Creyó que habíamos establecido el 
campamento del otro lado, ó las referencias de 
sus bomberos lo harían caer en el error de 
equivocar nuestra .ubicación. 

Estos errores en las guerras de correrías y 
Borpresas implicaba generalmente un fracaso, 
como aconteció á Fidelis horas después. 

El movimiento y polvareda en el campo, que 
observamos desde la enramada del ranbho 
donde estábamos, á poco se constató que era 
un gran núcleo de gente montada, dividida en 
escuadrones, quienes á todo andar de sus ca- 
balgaduras, traían una formidable carga sobre 
el vado del arroyo, envolviendo á su paso á la 
gente que cuidaba nuestras caballadas. 

Al llegar, se encontraron con que nuestro 
campo estaba aírroyo por medio y con los dos 
vados que había inmediatos, defendidos, que- 
dando imposibilitados de poder avanzar un 
paso más, interrumpiendo su carga aquel obs- 
táculo. 

Por otra parte, el arroyo estaba algo crecido, 
en los dos vados el agua alcanzaba al costillar 
de los caballos y era peligroso atravesarlo en 
esa forma estando la margen opuesta defen- 
dida. 

Eidelis traía algunos infantes, los qué eran 
brasileros, según lo constatamos después. Echa- 



AZARES 37 

ron pie á tierra, tendiéndose en guerrilla sobre 
la barranca del arroyo, frente al vado donde 
estaba -la gente *de Salvañach. 
. Éste conservaba unas quince ó veinte cara- 
binas Martín Henryt de retrocarga, de cin- 
cuenta que había traído de Buenos Aires com- 
pradas de su peculio particular W, * 

Los hombres armados con ellas al mando de 
Safans y* Yagas sostuvieron con ventaja los 
fuegos de la infantería contraria, á tal extremo, * 
que á poco rato no se animaban á levantar el 
cuerpo de la posición que te^iían, tendidos en 
la tierra. 

, Fracasada la sorpresa y en la posición que 
estábamos, había que tomar una i^solución 
extrema antes que llegase la noche. 

Con este propósito, fué Puentes al mismo 
raiicho del cerrito y de aUí mandó llamar á 
Salvañach, Aranguren, Camilo García y Juca 
Vargas. Les expuso c[ue la situación en que 
nos encontrábamos era sumamente delicada y - 
peligrosa; que si esperábamos la noche para 
retirarnos, la huida importaba una derrota, 
porque nuestra gente, entre cuyo núcleo ha- 
bía muchos de los dispersos en Cardoso, ame- 
drentados por aquella derrota, abandonarían 



(1) Era la primera vez que se hacia uso de las armas 
perfeccionadas, en las luchas civiles del Rio de la Plata, 
porque recién el año 1874 se usó el Remington en el com- 
bate «La Verde» ocurrido en la provincia de Buenos 
Aires. 



38 OKLANDO RIBERO 



las filas en la retirada suponiendo que éramos 
inferiores en número y en elementos á las fuer- 
zas de Fidelis, las que en relilidad eran muy 
poco mayores que las nuestras. ^ 

Llevarles una carga vadeando el arroyo por 
los mismos pasos defendidos, era también pe- 
• ligroso; nos exponíamos á una derjróta. Pero, 
en la disyuntiva de la huida ó la pelea, optaba 
por lo último y que en esa virtud deseaba oir 
la opinión de ellos en su carácter de jefes de 
las fuerzas á sus órdenes. 

Todo6 opinaron por la carga, aun cuando 
fuese á la desesperada. 

Besuelta aquélla, se designó á cada uno ^e 
ellos el ju]^to por donde debían atacar. 

Se determinó asimismo el sitio de reunión, 
para el caso de salir mal en la tentativa. Des- 
pués los jefes subalternos fueron á sus respec- 
tivas filas para ordenar su gente y prevenirles 
de la resolución tomada en el consejo de jefes; 
recibiendo á la vez orden de avisar á Puentes 
cuando estuvieran prontas y en orden de*carga. 

Poco tardaron los partes en avisar de que 
todo estaba pronto para la pelea. 

Entonces Puentes dio la señal de ataque si- 
multáneo por medio de toques de corneta. Al 
mismo tiempo se dirigió á mí,*diciéndomé: 

— Vaya, Ribero, y dígale á Aranguren que 
atropello con coraje, que la demás gente lo 
secunda por el otro paso que está más defen- 
dido. 



i 



í 



^ AZABfbS 39 

f 

Sin oir más salí á escape en dirección á la 
gente de Aranguren, seguido po^mi asistente 
Marcelino. 

No tuve tiempo para decirle nada. Arangu- « 

ren había ya formado su gente á unas dos ó 
tres cuadras del paso én pequeños escuadro- 
nes y venía al frente de ellos á galope hacia 
el vado. Cuando llegué, su caballo entraba en 
el agua y él haciendo molinetes con su lanza, 
sin mirar atrá^ incitaba á su gente pat'a que 
lo siguiese. 

La gente contraria que defendía el vado era 
en número reducido : se amedrentaron de la re- 
suelta carga que se les llevaba, que sin duda 
no esperaban. Hicieron una cortísima resis- 
tencia, descargando sus armas sobre los que 
cruzaban el arroyo; pero cuando éstos llegaron 
á la orilla opuesta, emprendieron la fuga pre- 
cipitadamente en dirección al grueso de sus 
fuerzas, situadas frente -al otro paso. Aquéllos 
viendo q.ie por su costado derecho venía parte 
de su gente en derrota y que por el frente los 
atacaban, se f)usieron también en precipitada 
dispersión con direcció^ á otro vado del arroyo 
situado media legua más abajo, cayendo á él 
fugitivos y perseguidores en un entrevero y 
pelea formidable de lanza y tiros. 

Quedó después allí el ten.dal de desgracia- 
dos, que rindieron su vida en esta lucha esté- 
ril entre conciudadanos, sin otra razón que 
. divergencias en nombre de colores polítifeos, 



40 ORLANDO RIBERO 

las que no significaban adelanto ni progreso 
en nuestra civilización, sino para que sirvie- 
sen sus mutilados y ensangrentados cuerpos 
de pedestal á obscuras entidades que explota- 
ron después á la patria de todos. 

Nosotros tuvimos sensibles pérdidas, entre 
ellas Aranguren muerto y Salvañach gravé- 
mente herido. 



XII 



Cuando pasé el arroyo con el grupo man- 
dado por Aranguren, vi del otro lado un hom- 
bre caído sobre el veril de la barranca. Yo 
seguí sin preocuparme de ello; pero á poco 
andar detuve mi caballo: no era mi misión 
continuar en aquella persecución á los que 
huían y por otra parte se habí&n distanciado 
demasiado. 

Di vuelta hacia el punto donde habíamos 
pasado, para identificar al que había visto 
caído, porque suponía fuese de nuestra gente. 
Con todo pesar reconocí al comandante Aran- 
guren; había recibido una herida de bala en 
la frente al subir la barranca. 

Estaba aún con vida pero sin conocimiento: 



AZARES 41 






unos fuertes estertores de la garganta, como 
quejidos, demostraban su sufrimiento. 

Dos ó tres compañeros le rodeaban, entre 
ellos mi asistente Marcelino, á quienes dije: — 
Acérquenlp al arroyo y mójenle la cabeza y la 
herida. — Después les indiqué buscasen el me- 
dio de llevarlo á una casa que se encontraba 
á corta distancia del otro lado del arroyo. 

Así lo efectuaron más tarde en una anga- 
rilla formada con ramas y allí espiró horas 
después. 

Aranguren era un hombre joven, alto, de 
contextura fornida, blanco, con cabello y bar- 
ba renegridos, un lindo paisano, á la vez que 
ciudadano bueno y afable. 

Si existe alguno de sus vastagos quedados 
en la orfandad, desearía que este recuerdo á 
su memoria, si llegase á su conocimiento, des- 
pertase en su espíritu sentimientos de tem- 
planza, olvidando los odios partidarios por los 
que inhumanamente se ha regado con tanta 
sangre de hermanos nuestras rientes cam- 
piñas. 

Con el propósito de satisfacer mi ingénita 
curiosidad, dándome cuenta de lo que había 
pasado en los otros sitios del combate, y por 
obtener á la vez noticias de Puentes, me dirigí 
nuevamente hacia aquellos lugares: á poco an- 
dar lo distinguí á la distancia. 

Al encontrarnos, y despuás de las felicita- 
ciones que son comunes en estos casos, por «1 



42 ORLANDO RIBERO 

peligro que á todos abarca^ me manifestó que 
, ^ienía con igual propósito al mío, saber dónde 
me encontraba. 

Puentes fué quien Me dio la noticia de que 
Salvañach estaba herido, agregando: — Vaya á 
verlo; lo he hecho llevar á aquella población, 
— señalando una situada á alguna distancia 
del otro lado del arroyo: continuando: — Pes- 
^ pues que reúna toda nuestra gente y establezca 
' el campamento á inmediaciones de la lyiisma 
casa,*en seguida iré allí. 

Sabia la muerte de Aranguren, pero igno- 
raba las disposiciones que había tomado para 
que lo condujeran á la población ya mencio- 
' nada: se dirigió á ella: • continuando á mi vez 
la dirección opuesta, encaminándome al lugar 
don4e habían llevado á Salvañach. 

En mi trayecto vadeó el arroyo por el paso 
donde había tenido lugar dos horas antes el 
entrevero y pelea cuerpo á tiuerpo; yacían allí 
varios muertos, algunos aún dántro del agua. 
Los vecinos se encargaron al siguiente día de 
sepultarlos. 

Varios de los dispersos, ya fuera porque sus 
caballos estuvieren cansados ó porque no po- 
dían alejarse de los que los perseguían, aban- 
donaron las monturas ganando á pie el monté. 
Cuando llegué á aquel punto noté con agrado, 
que varios hombres pertenecientes á nuestras 
fuerzas, llamaban en voz alia, caminando á ca- 
ballo á orillas del monte, incitando á que 



* 

I 



AZARES 43 



n 



salieran los que se habían refugiado en él, 
ofreciéndoles que serían respetadas sus vidas, 
y demás seguridades hacia sus personas. Supe 
más tarde que habían salido del montp algu- 
nos; recuerdo que entre éstos se encontraba 
un joven Lamadrid, de San Fructuoso. 



XIII 



Salvañach había recibido una herida de bala 
en el costadp derecho del pecho, habiendo sa- 
lido el proyectil por el lado opuesto, bandeán- 
dole el brazo izquierdo. 

Lo encontré acostado eú una cama. 

Con el deseo de ver si podía proporcionarle 
algún alivio, le examiné las heridas del pecho, 
las que me parecieron debían ser mortales. 

No sabiendo de qué medio valerme para ha- 
cerle una primera cura, careciendo de todo 
medicamáhto, se me ocurrió pedir una sábana 
y un balde de agua. 

Saqué un pedazo de aquella y empapándolo 
en el agua, procedí á lavarle las heridas, las 
cuales no sangraban con rilucha abundancia. 

Hecho el lavaje aplique á las heridas unas 
compresas hechas de la misma sábana y bien 



44 ORLANDO RIBERO 

mojadas en agua; vendándole por fin con tiras 
del mismo género. 

Notando al poco rato que la cura le había 
proporcionado algún alivio, resolví continuar 
humedeciendo las heridas, para mantenerlas 
frescas. 

El herido no manifestaba gran sufrimiento 
y demostraba ánimo sereno, lo que nos hizo 
vislumbrar la esperanza de que podría curarse. 
Así pasó la noche relativamente bien. 

Esto no obstante, tratamos de buscar el me- 
dio de conducirlo conjuntamente con otros he- 
ridos que teníamos (entre ellos, Pedro Barrera 
con un balazo en la pierna derecha) al Brasil, 
para que fuesen debidamente atendidos; por- 
que no podíamos dejarlos allí abandonados sin 
ninguna clase de recursos y á merced de los 
que pudieran llegar cuando nosotros nos reti- 
rásemos. 

Esa noche Puentes consiguió, no se dónde, 
un carretón, especie de carruaje que en aque- 
lla época usaban los brasileros en las estancias 
para conducir sus familias á los pueblos. A la 
mañana siguiente se entapizó con colchones, 
se transportaron á él los heridos* y nos pu- 
simos en marcha hacia Rivera; teniendo la 
precaución de poner en el vehículo algunas 
botellas con agua, para ir mojando continua- 
mente las heridles de los enfermos, en vista 
del alivio que esta curación les proporcionaba. 

Habríamos andado una legua costeando el 



AZARBS 45 

arroyo Cuñapirú, cuando trajeron un parte á 
Puentes, anunciándole que una de las partidas 
exploradoras habían descubierto unos hom- 
bres que estaban metidos en una laguna del 
mismo arroyo, dentro de unos cámalotes. 

Nos dirigimos al punto indicado, más que 
por curiosidad con el propósito de protegerlos 
en el caso de que algún desalmado de nuestra 
gente quisiera cometer contra ellos actos de 
salvajismo, pues el que trajo el parte decía que 
no querííin salir del agua y pedía permiso para 
hacerlas fuego con las armas que llevaban. 

Al acercarnos á la laguna, vimos efectiva- 
mente las cabezas, sin sombrero, de tres indi- 
viduos entre los camalotes. Los infelices, para 
ocultarse mejor, estaban con el agua al pes- 
^ cuezo y sólo por casualidad pudieron ser des- 
cubiertos para bien de ellos mismos. 

Puentes y yo empezamos á pedirles que sa- 
lieran, que no tuviesen temor pues que serían 
respetados; que si el intento fuera hacerles 
daüo, el peor castigo que pudieran recibir se- 
ría TÍgilarlos para que no saliesen del lugar 
donde estaban. 

Ya sea por las exhortaciones ó no pudiendo 
aguantar más en la crítica situación que se 
encontraban, resolvieron salir de aquel baño 
forzado. 

Recuerdo siempre con placer aquel acto, 
por la actitud digna, noble y desinteresada 
observada por varios paisanos de nuestras 



46 , ORLANDO RIBBRO 

fuerzas, cuando salieron aquellos desgraciados 
de la laguna,e8Curriendo agua de sus cuerpos. 
Uno se quitaba la camisa, otro e} calzoncillo, 
otro la bombacha; en fin, con piezas aisladas 
de vestimenta de muchos, pudieron vestirse 
en condiciones pasables, aquellos tres indivi- 
duos, los que no cesaban un momento de ex- 
presar su agradecimiento por la manera de 
como eran tratados por quienes los habían to- 
mado prisioneros. 

De los tres, uno era oficial; quien«en otra 
ocasión, según sus referencias, había s^^o he- 
cho prisionero por fuerzas revolucionarias^ 
las que le habían dado libertad; lo que repetía 
sin duda con la esperanza de que la gente que 
lo había tomado por segunda *vez, obrase de 
i¿ual manera, como efectivamente así sucedió. 

Después de tres días de marchas pausadas 
á causa de los heridos, llegamos á Rivera. 

Personalmente, momentos después acom- 
pañé el carro hasta la misma línea divisoria 
con el Brasil, el que tomó por el camino que 
baja por la falda del cerrito que se encuentra 
sobre ésta, internándose en el pueblo de Santa 
Ana do Livramento. (i) 



(1; Salvañach y los demás heridos, todoa,felizmente 
curaron en el Brasil. La bala que recibió el primero 
había deacripto una línea curva siguiendo interiormente 
el óvalo del pecho sin ofender ningún órgano princi- 
pal, á lo que debió su swvación. , 



AZARES 47 



XIV 



I 



Vuelto al campamento y así que comuniqué 
á Puentes que mi «omisión había sido cum- 
plida, éste, ccfti aquel semblante risueño que 
lé era característico, me interrogó : 

— ¿Ahora que hacemos de los prisioneros? 
r— Largarlos, para que se vayan donde se 

lei antoje. • 

— Era lo que había pensado hacer, porque 
nosotras no podemos cuidar prisioneros. Estos 
individuos en nuestras- filas constituyen, un 
peligro. La noche que se les ocurra se esca- 
pan, llevando la noticia á los contrarios del 
lugar donde nos encontramos y los elementos 
con que contamos. Mi pregunta era para co- 
nocer su pensamiento respecto á ellos. 

En la tarde de ese mismo día, se les noti- 
ficó a los prisioneros, qi^e estaban eji libertad. 
Que los que quisieran voluntariamente seguir 
en nuestras filas podían hacerlo. 

No tomaron ninguna determinación en aquel 
momento; desconfiarían de aguel acto caballe- 



¡^ 

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48 ORLANDO RIBERO 

resco que era desconocido en las filas que mi- 
litaban. 

Momentos después, con un grupo de los 
nuestros, fueren acompañados hasta la línea 
divisoria con el Brasil. Allí les manifestó 
Puentes que podía irse el que quisiera; en- 
tonces, más seguros, optaron varios por su li- 
bertad; sin faltar las despedidas y los ofreci- 
mientos incondicionales que son tan comunes 
entre nuestros paisanos. 

Algunos se quedaron, continuando entre 
nuestras filas el resto de aquella campaña re- 
volucionaria, que duró más de un año á contar 
desde aquella fecha. 



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